Casilda se casa

La boda de Covadonga e Iñigo en Gijón

Covadonga es asturiana e Iñigo navarro, y se conocieron en Bilbao, adonde ella se mudó para hacer la residencia después del MIR. «Llevábamos ocho años juntos cuando, un martes cualquiera, después de salir a correr por la ría, decidimos casarnos. Nos prometimos a la antigua, sin anillo y de la forma más natural». Tenían claro que no querían esperar ni volverse locos con los preparativos, así que cuando surgió la posibilidad de organizar la boda en apenas tres meses, se lanzaron sin pensarlo.

Cova se preparó con una bata y camisón de La Costa del Algodón.

Del maquillaje se encargó Carmen Carmona. «Solo le pedí verme favorecida sin parecer demasiado maquillada, ya que en mi día a día apenas suelo maquillarme». El peinado se lo hizo Manolita, de Flecos, una peluquería de las de siempre de Oviedo. «Quería un moño bajo de bailarina, que es como suelo llevar el pelo».

Calzó unas sandalias de Mint and Rose en color beige.

Como únicas joyas llevó unos pendientes antiguos que habían pertenecido a su abuela paterna y su sortija de pedida. «Para mí fue muy especial poder llevar ese día algo de cada una de mis dos abuelas».

El vestido no partió de ninguna inspiración concreta, sino de unas sábanas antiguas de su abuela que su madre conservaba sin estrenar. Las llevaron al estudio de Teresa Patiño y a partir de ahí se fue construyendo en cada prueba. «Confié completamente en ellas y el vestido se fue construyendo en cada prueba, adaptándose a las posibilidades que ofrecían las distintas telas y sus bordados». El cuerpo se confeccionó con una de las sábanas, prolongada hacia la falda, en la que se conservaban las iniciales bordadas de su abuela; sobre ella caía una segunda sábana con encaje, y entre ambas se intercaló una bambula de seda que aportaba movimiento y ligereza. Fue un trabajo completamente artesanal: «Cristina, la jefa de taller, dedicó muchísimas horas a conseguir que los distintos bordados encajaran y tuvieran continuidad, respetando siempre las telas originales».

El ramo llevaba buganvilla, plumbago y hortensias azules. «Flores poco comerciales, pero con un gran valor para mí, porque me recuerdan a tantos veranos de mi infancia». Llevaba además prendida una medalla de la Virgen de Covadonga, regalo de una persona muy especial. Toda la decoración seguía una misma estética, con flores muy naturales, como recién cortadas, y un aire de campiña inglesa, con mucha flor silvestre y de proximidad. La madre de la novia quiso además que la mesa presidencial tuviera un toque más personal y la vistió con un mantel y unos candelabros de casa.

Se casaron en la iglesia de San Julián de Somió. «Siempre hemos ido allí a misa con mis abuelos durante los veranos y donde, a lo largo de los años, hemos celebrado en familia las cosas buenas y también otras no tan buenas. Además, estoy bautizada allí, así que me hacía especial ilusión».

Llevaron las arras los sobrinos de Iñigo, vestidos por Marta García Conde. El vestido de la niña, Anita, estaba inspirado en el propio vestido de novia, y los zapatos eran de Flabelus.

Iñigo llevó chaqué a medida de Maen Concept, corbata de Argaro y unos gemelos que habían sido de su abuelo Paco.

«La música de la ceremonia estuvo preciosa, y a la salida tocaron los gaiteros del grupo Tesitura».

La celebración fue en El Palacio de la Riega, una finca familiar en Somió donde también se han casado todos sus primos. «No me imaginaba casándome en otro lugar».

Su amiga Ana pintó a mano las acuarelas que utilizaron para las minutas y los meseros, y su prima Ángeles, arquitecta, se encargó de todo el montaje digital.

Del catering se encargaron Esther y Nacho Manzano. Como muchos de los invitados venían de fuera, quisieron ofrecer un menú 100% asturiano, con el arroz con pitu como plato principal, uno de los emblemas de los hermanos Manzano.

De la decoración y las flores se encargó El Invernadero, la floristería que la madre de la novia fundó junto a sus socias hace 44 años. Quisieron que todo fuera una sorpresa, y Covadonga se dejó llevar.

De la música y la iluminación de la fiesta se encargó Siapro Eventos. «Fue una de las cosas que tenía clarísimas desde que decidimos casarnos. Había estado en muchas bodas organizadas por ellos y el resultado siempre es espectacular: consiguen que la gente no salga de la pista».

Las fotos las hizo Mercedes Blanco, amiga de la familia. «No me gusta nada hacerme fotos y me da muchísima vergüenza, así que tener confianza con ella hizo que todo fuera mucho más fácil. Me gusta mucho cómo trabaja, sin forzar las fotos y dando muchísima importancia a la luz».