Casilda se casa

La boda de Eva y Mario en Pozuelo

«Mario y yo nos conocimos hace ya diez años a través de unos amigos en común y, desde entonces, coincidíamos cada cierto tiempo. Él estuvo tiempo ofreciéndome un café que yo nunca aceptaba, hasta que  hace dos años accedí. Desde entonces, simplemente ha sido una secuencia de síes. Había llegado nuestro momento, y supongo que por eso los dos lo vimos tan claro. Después de una década, la historia acabó en boda».

«Desde el principio tenía clarísimo que quería hacerme el vestido con Pía, una de mis mejores amigas y fundadora de Quetzal Collection. Confiaba plenamente en su criterio y en que juntas íbamos a hacer algo que me encantase, así que preferí que fuese un proceso muy natural y que las ideas fueran surgiendo sin necesidad de darle demasiadas vueltas. No fue hasta unas tres semanas antes de la boda cuando realmente nos pusimos manos a la obra. Pasamos varios días buscando juntas tejidos hasta encontrar los que nos gustaban y poco a poco el vestido fue tomando forma. Yo solo tenía una idea bastante clara: quería llevar una chaqueta para entrar en la iglesia y poder quitármela después. A partir de ahí, Pía propuso darle a la chaqueta un corte de inspiración japonesa que encajaba mucho conmigo».

«Me maquilló y peinó Francesca Moreno. Me encantó el resultado porque parece que no llevas prácticamente nada y, al mismo tiempo, te ves especialmente guapa».

Eva llevó el anillo de pedida que diseñó Mario. «Mi amiga Carlota me regaló unos pendientes largos ideales y un broche para el velo de la Joyería Vintage López-Linares. Me hizo especial ilusión que estos detalles de mi look vinieran de una amiga tan íntima y que, sin haberlo planeado desde el principio, cada pieza acabase contando un poquito de nuestra historia».

El ramo lo hizo Alfabia. «Quería margaritas porque son las flores favoritas de mi madre y me gustaba que el ramo tuviese algo relacionado con ella».

Se casaron en la parroquia de Santa María Magdalena de Húmera, en Pozuelo (Madrid).

En la iglesia tocó el grupo Alborada. «Al final tuvimos la sorpresa de que mi profesor de flamenco cantara la Salve Rociera acompañado de su guitarra; fue un momento muy alegre para terminar la ceremonia».

La celebración fue en el Latigazo, en Madrid. «Es uno de esos clásicos que hasta nuestros padres disfrutaron en su época con sus amigos, y nos hacía gracia que, tantos años después, pudiéramos volver allí para celebrar nuestra boda. Nos pareció la combinación perfecta de historia, gastronomía y fiesta. Desde hace unos años lo llevan los hermanos Alepuz y, desde el primer momento, el trato fue buenísimo. Nos dieron una libertad enorme para montar la boda a nuestra manera. La comida fue un espectáculo y hemos recibido muchísimas felicitaciones por la calidad de cada plato».

«Toda la parte de flores y decoración la preparamos junto con nuestro amigo Ricardo, quien tiene muchísima mano con los arreglos y lleva un tiempo trabajando también de forma independiente en el sector».

De la fotografía se encargó Ro, de Bea Goiri Basaldua.