Aitor y Ángela se conocen desde los 15 años porque eran del mismo grupo de amigos en Vitoria. Cuando vinieron a estudiar a Madrid empezaron a pasar más tiempo juntos y el verano de primero de carrera empezaron a salir. «Ha sido una relación con idas y venidas pero al final, la vida siempre nos volvía a juntar. El verano pasado, me pidió que nos casáramos en una cala en Fuerteventura, isla en la que tenemos muy bonitos recuerdos ya que fue el destino de nuestro primer viaje juntos», explica la novia.

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«El anillo de pedida, de DPAZ, me lo regaló en diciembre, un lunes, cenando en Inari, nuestro restaurante “de celebrar las buenas noticias”, ya que a mi padre le habían dado unos buenos resultados en su último escáner. Es un anillo con un diseño muy especial y que encaja perfectamente con mi estilo, me sorprendió con una elección tan acertada. Me encanta».

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«Me peinó y maquilló,  mi peluquera de Vitoria de toda la vida, me encantó que estuviera con nosotras mientras me vestía».

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Lo único que tenía claro de su vestido es que quería encajes antiguos. Cuando entró por la puerta del taller de Inés Martín Alcalde, con un vestido de flores, le dijo que estuviera tranquila que ya sabía cómo era su vestido. «La semana siguiente me enseñó los maravillosos pololos vintage que tenía y empezamos a jugar con ellos hasta que dimos con el vestido: la falda tenía una caída muy fluida y el famoso tironcito que tanto le gusta a Inés. Los pololos finalmente fueron las mangas. Además, llevaba un chaleco del que salía la cola. Inés tiene mucha magia, te atrapa con su creatividad y buen gusto desde el principio. Leti, su socia, tiene una sonrisa permanente y te lo hace todo muy fácil. Y Rosa cose como los ángeles y es el contrapunto perfecto a Inés. Confié en ella al 100% desde el principio».

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El ramo era de Sally Hambleton y fue un regalo de María, la prima de la novia que trabaja en la floristería. «Se lo di a mi madre, nadie se lo merecía más», apunta Ángela.

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Los pajes iban vestidos de Niñucos. El vestido de Alejandra, la niña, era de Labubé.

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«Mi padre falleció cuatro meses antes de la boda, me pidió que pasara lo que pasara mantuviera la boda, porque la vida seguía. Le pidió a su hermano, mi tío Javi, que fuera mi padrino pero por motivos de salud tampoco pudo serlo. Cuando eres pequeña y te imaginas tu boda, nunca sabes con quien te casarás pero sí visualizas con quien entrarás en la iglesia. Desde que supe que ni mi padre ni mi tío podrían acompañarme, decidí que entraría sola en la iglesia haciéndoles un homenaje. Lo hice feliz. Salí andando de casa de mi abuela acompañada de mis hermanas, que son como mi brazo derecho y mi brazo izquierdo, mi prima y los pajes. Me sentí muy acompañada».

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La madre del novio iba muy elegante vestida de Isabel Sanchís para Borgia.

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Ángela prosigue con los recuerdos: «Al entrar en la iglesia, avancé hasta la entrada del pasillo que llega al altar y vi a Aitor esperándome para hacer el paseo hasta el altar juntos. Fue una sorpresa que significó mucho para mí y con la que me hizo ver la base tan sólida de ese paso tan importante que íbamos a dar».

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Como los novios son de Vitoria y muchos de sus amigos son de Madrid, fue una excusa perfecta para que conocieran la ciudad. La boda se celebró en junio en Armentia, un pueblo pegado a Vitoria. En la Basílica de San Prudencio, iglesia en la que la novia iba a misa con su abuela desde pequeña y el novio con sus padres. «No nos conocíamos entonces pero mi abuela le hablaba de una nieta estupenda que tenía para él. Ella lo vio claro mucho antes de que nosotros nos conociéramos», recuerda la novia.

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«Aunque sea una anécdota un poco peliculera, las alianzas se quedaron en el hotel en el que nos alojábamos. Mi madrina, con muy buenos reflejos, le pidió a su marido la suya y nos casamos con sus alianzas. Ellos nos habían regalado las alianzas y estaban inspiradas en las suyas, por lo que fue hasta una bonita casualidad».

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A la salida de la iglesia les bailaron el aurresku de honor, un baile tradicional vasco que se baila en actos importantes. Como es tradición, Aitor se puso la txapela (boina) que le regaló el dantzari (bailarín), para quebradero de cabeza de las fotógrafas, que querían que se la quitara para las fotos.

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Llegaron a la cena en un Ford antiguo del tío de la novia. «Durante mis veranos de pequeña en Soria, siempre me montaba en él, me encantaba».

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La cena se celebró en el hotel Jardines de Uleta, la comida tuvo un toque vasco y de temporada. Las flores las puso Goya Floristas, «Jose se esforzó mucho en que todo quedará perfecto y así fue».

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El menú era un diseño de Petite Mafalda

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«Aitor me sorprendió con unas bonitas palabras con las que dimos paso al baile, que abrimos con Algo Contigo de Calamaro, una canción que explica muy bien el comienzo de nuestra relación. No habíamos ensayado nada pero quedó bonito y nos reímos mucho», recuerda la novia. El DJ fue Javier Vilariño (661 025 758) fue regalo de Miren, la hermana de la novia. Cerraron la boda rodeados de sus amigos cantando Angie de los Rolling en honor a la novia.

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«Con Alejandra Ortiz acordamos las fotos muy pronto, hacen unas fotos preciosas, distintas y naturales y son encantadoras». Me encanta esta boda por lo sencilla y emotiva.